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La niñez según diferentes puntos de vista, tanto de psicólogos, pedagogos y demás estudiosos de la temática, es la época en la que se es más creativo. Los motivos al respecto pueden plantearse casi obvios: es en la época en la que el aprendizaje es mayor, por lo cual más errores cometemos, más experimentamos, más disfrutamos de las sorpresas, más inocentes somos. Simplemente como dato, nos caemos más de 100 veces antes de aprender a andar. ¿Y tú te acuerdas de eso? Obviamente, siempre existe la excusa que éramos demasiado pequeños para poder recordarlo, o que simplemente no le dábamos importancia.
Es esa misma importancia, la que sí se la dan aquellas personas que no se lanzan a quebrar sus propios miedos. Aquellos que se quedan recordando cuando se equivocaron, pero que no percibieron que a través de ese fallo, se planteaba un nuevo río de oportunidades para acertar. Se puede recordar así la idea que se suele repetir en innumerables cuentos de cómo Thomas Alba Edison descubrió la bombilla: no es que fallara miles de veces antes de inventarla, si no que descubrió 1000 formas distintas de bombillas que no emitían luz.
Realmente esa es la percepción misma de la realidad, la que define la capacidad misma de crear conceptos. Pues aquellos fallos se convierten en errores cuando no intentamos subsanarlos. Y cuando nos proponemos encontrar la solución es cuando empezamos a ser creativos. Pues es en ese momento cuando se comienza a generar una serie de pensamientos nuevos, diferentes, y los cuales requieren de nuestra inteligencia para organizarlos y darles consistencia. Y todo ese proceso provoca una espiral de nuevas ideas… Algunas tendrán sentido lógico, otras serán locuras, pero todas serán soluciones, quizás no para este problema, pero sí que servirán de base para nuevos retos.
Es por ello que cuando se empiezan a conocer diferentes teorías y pensamientos sobre creatividad, se conoce el valor de ir variando el camino por el cual se va al trabajo o asistir a conferencias sobre conceptos completamente eclécticos. Porque modificar esas rutinas, cambiando la percepción, abriéndose a conceptos diferentes, permite al cerebro activarse, lo cual provoca que nuevas conexiones (sinapsis) entre neuronas se establezcan o fortalezcan sinapsis ya existentes. Esto da como resultado que provoquemos una idea alternativa a un problema que se nos plantee, es decir, que nos volvamos creativos.
Obviamente, la cuestión no se queda ahí. Y si nos volvemos hacia el ejemplo que planteábamos al principio podemos percibir otra gran diferencia entre los personajes de los que hablábamos: la mentalidad. Y ahí está el quid de la cuestión. Esa capacidad emprendedora que cuando se logra trasladar del ámbito del trabajo a la vida personal y social, todo empieza a fluir. En ese instante ya no se hace necesario preocuparse por los problemas, porque estos se consideran como nuevos retos que impulsan un camino directo a la creatividad. Sólo uno debe recordar la bola de nieve que cae por la colina, conforme pasa el tiempo se hace más grande, pero se puede descontrolar.
¿Y el límite? El límite está siempre en la búsqueda de uno mismo, en la creatividad misma que le plantee a sus objetivos personales. Siempre acordándonos que todo tiene que acompañarse de la perseverancia para establecer las prioridades oportunas. Y debemos acordarnos que uno de los defectos de quien crea es que tiene mala memoria para olvidar repetir de la misma forma aquello que ya hizo bien y aprender de aquello que tuvo un resultado inesperado.
Aunque la cuestión final después de leer esto es: ¿Qué prefieres ser: un trabajador asalariado o un creativo en tu vida? Eso ya depende de cada uno, pero claro está, para eso hay que equivocarse.
Por David Cebrián
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