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Narrativa

El amante azul

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» Estás en el número 3 de 3 de la serie El Bazar Zumbón.

La presión que el culo ejerce sobre la cara es enorme, aunque la sensación de estar siendo aplastado no agobia demasiado al empalmado novio que disfru­ta estando sometido a esa carga de tela y carne que le está provocando, ¡oh, sí!, el mejor orgasmo. Mientras eyacula, vuelve a oír los pensamientos del vaquero.

- Estos intensos segundos valen por toda tu existencia. Estás en otro plano. Nunca serás tan libre como ahora. Es tu gran momento.

La nariz le duele y no puede respirar, pero no quiere que el enculo­namiento finalice. Desea rebasar los límites. La noción del tiempo ya no existe para él,  de hecho, para él ya no existe nada excepto la necesidad de seguir atrapado por un culo azul que le está proporcionando un bienestar inconmensurable.

La chica no lo ve así. Le libera de su culo a los dos minutos. El aire que había evitado le asalta obligándole a tomarlo. El corazón que palpitaba aceleradamente vuelve a latir a su ritmo habitual. La cara vuelve a recobrar un tono sano .Los efectos físicos del enculonamiento remiten. Apenas persiste una leve náusea.

- ¿Qué?, ¿te tengo que hacer el boca a boca?.

- Para el boca a boca no hay que buscar motivos.

- ¡Anda!, ¡incorpórate!. ¡A ver cómo te encuentras!.

El novio se levanta ayudado por ella. No hay que preocuparse, no se va a desmayar.

- Me encuentro muy bien, cariño. ¡Ha sido increíble!.

- ¿Te ha gustado?.

- Es lo mejor que me ha pasado en la vida.

- ¡Oh, por favor!. Cualquiera que te oiga…

- ¡Es verdad!. ¡Me sentía tan libre bajo tu culo!. Estaba en otro plano.

- ¿Libre?. Habrás confundido libertad con el trastorno mental que te producía la falta de oxígeno. Y, más que estar en otro plano, te estabas quedando plano y sin relieves a causa del aplastamiento.

- Y además… mírame el paquete.

- ¿El paquete?. A ver… esa mancha. ¡Oh, vaya!. ¡Te has corrido!.

- La mejor paja que he tenido.

- Bueno, ¡ya te vale!. ¡Recupera la sensatez!. Tengo unos calzoncillos tuyos en un cajón. Tira el que llevas al cesto de la cocina y dúchate. La mancha del pantalón con un poco de agua la disimulamos.

- Lo que tú digas. ¡Mil gracias por enculonarme!.

El chorro templado que cae de la alcachofa debería despejarle y despajarle, pero la lujuria se ha instalado en su alma y ha acabado con un hombre en calma. Ya no puede pensar con claridad, está ansioso por intimar más con los vaqueros, busca una total comunión con ellos, formar parte de su ser. Su chica debe comprenderlo, los vaqueros le han seducido. Los desea más que a ella.

La chica se ha puesto un vestido ceñido, está con las llaves de la casa en una mano. El novio entiende que quiere salir a dar una vuelta, pero a él sólo le afecta la seducción azul.

- ¿Dónde están tus vaqueros?.

- ¡Qué coñazo me están dando con los vaqueros!. ¿Qué les pasa a mis vaqueros?, ¿tienen viñetas de cómic?, ¿saben a aceitunas con anchoa?, ¿hacen la declaración de Hacienda?.

- Digamos que hacen otro tipo de declaraciones, pero no vas a creerme, así que… Mira, quiero meter mi cabeza dentro de ellos.

- ¡Otra anormalidad más, no!, ¡por favor!.

- Venga, nena, ¡dime dónde los has dejado!.

- Me prometiste que te encontrarías.

- ¡De acuerdo!. ¿Dónde estoy? (se señala a sí mismo). ¡Aquí!. Me he encontrado. ¿Te vale? .

- ¡No!. ¡No te reconozco!, ¡no controlas!, ¡no eres el hombre del que me enamoré!.

- ¡Vaya!. Qué cosas me dices…

- ¡Y tú qué cosas me haces y me pides hacer!.

- Esto es lo último que te pido. Además, es necesario para desalterarme. Con la cabeza me­tida en los vaqueros voy a expulsar a través de las ondas mentales la ultrapasión que me ha llevado a primar el instinto sobre la razón, la transgresión y la autoagresión sobre el conservadurismo y la repetición de lo mismo. No sé si me entiendes, pero dame tus vaqueros. Todo saldrá bien.

- ¿Qué entiendes tú por salir bien?, ¿por qué no te los comes si tanto te gustan? .

- ¡Menuda chorrada!.

- ¡Tú sí que eres una chorrada!.

- Insúltame, no me importa, pero dame los vaqueros. ¡Dámelos ya!.

- ¡Frénate un poco, que pareces un drogadicto exigiendo una dosis!. ¡Puto pervertido!.

- Los vaqueros…

- ¡Te los traigo, sólo por dejar de aguantarte!.

Se los trae. Se los pone. Los bolsillos en el lado de la cara y la bragueta en el de la nuca. Cruza las perneras por atrás y hace un nudo con ellas alrededor de su cuello. Está dentro de ellos. Encapuchado. Apretado. Con otros pensamientos.

- Quédate a mi lado. Tendrás una vida excepcional a mi lado. Todo placer.

La chica no soporta más las extravagancias de su novio y trata de sa­cárselos. Él la aparta de un empujón.

- ¡Quiere separarnos!. ¡No se lo permitas!. ¡Abandónala!.

- ¡Estás llevando tu fetichismo demasiado lejos!. ¡Vas a asfixiarte ahí dentro!. ¿Me oyes?. ¡Quítatelos!. ¡Vuelve a ser una persona normal!.

El novio toma una decisión. Habla con la cabeza envaquerada.

- Escucha, ex cariño. Difícilmente puedo explicarte lo que me sucede, así que no te voy a explicar nada. Pero que sepas que te dejo y, si te preguntan porque rompí contigo, diles que me quedé prendado de tu prenda.

- ¿Cómo voy a explicar que me dejas para enrollarte con unos pantalones?. ¡Es absurdo!. ¡Eres una persona!. ¡No puedes enrollarte con unos pantalones!.

- Puedo y lo hago. Adiós, ex cariño.

El novio se va de la casa bien orientado sin quitarse los vaqueros de la cabeza, dejando a la chica visceralmente asombrada. No sabe si perseguirle y pegarle, llamar a un manicomio para que le internen o respetar la ¿ultrapasión? del que hasta ahora era su novio por sus vaqueros. ¿Cómo se asimila esto?.

- Sólo son unos pantalones, sólo son unos pantalones, sólo son unos pantalones… ¿sólo son unos pantalones?

Por Imanol Otero

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