- ¿Que te cosa, qué?.
- Que me cosas una oreja, una pata y unos ojos nuevos.
- ¡Te sientes muy unida a Jipilín!, ¿eh?.
- Es mucho más que eso. Quiero hacerte una pregunta muy seria, ¿has sentido alguna vez la mirada de un muñeco?.
- ¡Sí!. A veces he sentido ternura en la mirada de un muñeco. Quizás, porque sabes que ellos no te fallarán nunca, que siempre serán tus amigos, que son inmunes a las tentaciones que corrompen al ser humano.
- Los muñecos tampoco somos perfectos.
- ¿Sois?. ¿De qué hablas?.
- Botremoche, créete lo que voy a contarte. Repollo no existe. Esta mujer tan atractiva que te habla es una criatura surgida de mi mente. Mi imaginación ha dado cuerpo y voz a esta joven, pero es tan falsa como la creencia de que los muñecos no tenemos vida. Yo soy Jipilín.
- ¿Así que eres Jipilín?, ¿eh?. ¿Pues sabes quién soy yo?.
- Tú eres Botremoche.
- ¡No!. ¡Botremoche es una criatura surgida de mi mente!. Yo soy… ¡el Creador de la Imaginación!.
- ¡Eso no puede ser!. El Creador de la Imaginación es etéreo, no se puede volver persona.
- Los imaginadores me veneran, vienen a pedirme consejos desde cerca y desde lejos, me cuentan sus historias, ¡pero no me mienten!.
- ¿No crees que soy Jipilín?, ¿no confías en la palabra de un peluche?.
- Yo creo que eres Jipilín si crees que soy el Creador de la Imaginación.
- Eso es un chantaje de creencias. Y yo creo otra cosa de ti.
- ¿Qué crees que soy?.
- Lo que toda la gente que viene aquí cree que eres: un gran artesano y un gran chiflado. Que prefiere hablar en la irrealidad y que se ha inventado un propio Dios. Y que se considera pastor de un rebaño, pero no sabe que las ovejas se ríen de él.
- ¿Eso cree la gente que soy?. ¿Un hombre prisionero de su fantasía?.
- Lo creen todos los imaginadores. Y yo confieso que he venido a burlarme de ti. No quiero aprovecharme más de ti, me das lástima.
- ¡Pues no te absuelvo!. Ahora vas a confesarme tus pecados eróticos y luego te coseré unos ojos, una oreja y una pata.
- Me parece que me tengo que marchar…
- ¡Tú no te vas a ninguna parte!. ¡Jipilín, a mí serás afín!. Voy a regenerarte espiritual y físicamente.
Repollo se da cuenta de que no bromea, la sinceridad le va a acarrear más problemas que la mentira. Botremoche se siente dolido y por eso se siente más Creador de la Imaginación que nunca. Ridículo ante los demás, supremo ante su conciencia. Repollo se arrepiente de haber jugado con su inestabilidad. Botremoche le agarra y le zarandea.
- ¡Suéltame!, ¡yo no soy Jipilín!.
- ¡Eres la criatura surgida de su mente!. Si no quieres formar parte de Jipilín, pídele que te haga desaparecer. ¡Pídeselo!.
- ¡Está bien!. Jipilín, ¿me haces desaparecer?.
Evidentemente, la pregunta de la atemorizada Repollo no obtiene respuesta. Pero Botremoche cree haberla oído y la deja marchar. Pierde una cliente pero gana un amigo. Botremoche coge al peluche y se sienta con él en una mecedora que él mismo construyó. Con toda naturalidad, le pide que le cuente sus pecados eróticos acercando su cabeza a una de sus orejas, como si Jipilín le estuviera revelando sus instantes de debilidad. Botremoche, semblante conciliador, le escucha atentamente. Se está relajando, el enfado ya pasó. Puede que sea prisionero de su fantasía, pero, ¿acaso los demás no son prisioneros de una realidad?. Lo suyo es mejor.
Por Imanol Otero
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