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Narrativa

Marcos

Y todo por querer pintar el salón de casa. Recordaba perfectamente la impresión que le causó la carta de colores, era preciosa, como la sonrisa del vendedor. Nunca había visto tantos colores juntos tan parecidos y tan diferentes, le costó más de 45 minutos decidirse y finalmente no fue ella quien eligió el nuevo color de su salón, sino Marcos. No sabía si ése era su nombre, pero con una sonrisa así no podía llamarse de otra manera. Marcos, qué bien sonaba, y qué manera de sonreír mientras ella pasaba las cartulinas indecisa. Una sonrisa tranquila, comprensiva, seguro que a él también le habría costado horas y horas elegir el color de su salón, pero recomendar a otro era más sencillo.

Las paredes de Amelia seguían blancas, pero sus días no. Desde aquella mañana en la que entró en casa cargada con 20 litros de pintura, brochas, rodillo y plásticos para no ensuciar el suelo, los días de Amelia estuvieron coloreados. Cada día, desde el justo momento en que sonaba el despertador aparecía un color de las cartulinas de Marcos y era inevitable rodearse del color, todo un día de color hasta la mañana siguiente.

Y hoy, otra vez, tocaba gris. Gris oscuro. Otra vez gris. Ya eran demasiados días, sabía que todo iba a salirle mal otra vez y decidió apagar el despertador para que no volviera a sonar 5 minutos después, hoy no iría a trabajar. Mandó un mensaje a su compañera de mesa: “gris”. Ella lo entendería.

Con lo bonitos que eran los días azules, los mejores eran los celestes luminosos y turquesas, días claros y alegres en los que las cuentas de la oficina cuadraban a la perfección. Días en los que la ropa le quedaba a Amelia perfectamente, y el pelo le quedaba liso y lacio como a ella le gustaba con sólo unos minutos de secador, con todas las puntas hacia el mismo lado.
También le gustaban los días verdes, eran más espontáneos que los azules y las cosas iban bien en los días verdes. Todo salía bien.
No tanto en los amarillos, naranjas y rojos, mucho más caóticos y desordenados pero muy excitantes. Las mejores discusiones, los días más enérgicos.
Los días pastel costaba mucho levantarse pero eran días dulces, esos días la sonrisa de Marcos se le aparecía muchas veces y más de una tarde, al salir de la oficina, tenía tentaciones de pasar por la tienda. Pero terminaba en casa de sus padres y cenaba con ellos, y les decía que los echaba de menos aunque al día siguiente ya no fuera verdad.
También había días muy neutros, días marrones, que pasaban y ya está. Pero tampoco molestaban, servían para descansar.
Lo que no podía comprender era por qué le pasaba ahora esto, por qué el maldito color gris llevaba apareciendo tantos días seguidos. A veces gris claro, otras gris oscuro, o gris azulado, o gris verdoso, pero gris en definitiva. Mierda de gris. Esto ya no tenía ninguna gracia.

Al principio el gris aparecía muy de vez en cuando. Pero ya no era así, llevaba más de un mes rodeada de gris, algunos días casi negro. Y ya no podía ir a trabajar, ya no le cuadraban las cuentas y le habían llamado la atención demasiadas veces. Prefería no volver.

Y todo por querer pintar el salón de casa. Maldita carta de colores, y maldita la sonrisa del vendedor. Ese chico no podía llamarse Marcos.

Por María Montón

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