Abriendo y cerrando (guisando y mutando zanahorias imberbes en viejos absurdos candelabros), desconozco la perezosa mezcla de pisadas que corren detrás de la penúltima de las nadas. El barro perece y la arena decrece. Y mañana más.
Redundante se desliza por enésima vez la tiza que describe las noches imaginarias. Rotas. Pérfidas. Descaradas.
Rotas, pérfidas y descaradas, claman silencios minados de huesos de cobre y médulas de besos y migas amigas que publicaron sin nombre los cantos de avestruces descuartizando intentos de vómito prehumano.
Corre, Alicia. Come ahora y digiere después. Cuando nadie te vea, los conejos serán gansos. Las tortugas viejas mienten sobre sus antepasados. Polillas que extirpan tumores benignos de malignidad sesgada. En tus sueños el abecedario celta se desmorona en básicos cimientos de piezas sin pareja -Babel jamás existirá en los cuentos de brujas y hadas-. El oro crece, decrece y escupe velas negras en velorios de moscas contra natura extirpadas.
Antes de ayer fue un día -me dicen los que hace poco andaban a tres patas-. Cualesquiera sería lo que fuese si cabe y si duda y si cae sin foco en trece lejanos rincones. Nadie replicará los corsés zurcidos. Melocotones trigueros sin almíbar ni masa nos lo advirtieron de antemano casi apenas callando en el último noticiario: “No anochecerá el día después de mientras tanto”.
(Y ahora un silencio: Las cerezas se pudren esperando en vano)
Y mientras despienso anocheceres que claman indemnización perpetua para las inocentes heces deshonradas, murmullan las muchachas en los andenes de estaciones falsificadas. Predican los perros abandonados. Exclaman las luces y sollozan los pescados. Remilgos distantes exhuman cadáveres lozanos.
Yo (y yo y yo y yo) hace días que me perdí oliendo cada uno de los paisajes eliminados de las inútiles memorias de infinitos tormentos livianos. Verdes musas. Recónditas larvas. Tres, Cuatro, Catorce y Treinta y Tres. Nada es ya nada. Nada es. Nada. Todo es pelo y sudor de escroto. Células que no obedecen cuando la tibia escucha.
Y yo (y yo y yo y yo) destierro las penumbras de los dolores natos y mastico el aire que no respiraré para llegar exhausto al espejo fatal que me muestra impune mientras te mato.
Narciso sonríe. Y canta el lagarto.
Por Núria Mañé
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