// estás leyendo...

Narrativa

La exasperante historia del niño cangrejo

El niño cangrejo

Érase una vez un niño que, de tanto mirar hacia atrás, un buen día se le clavaron los ojos en el mismísimo cogote. A partir de aquel maldito momento, el mundo -su mundo- empezó a cambiar de forma estrepitosamente imparable. Para empezar, tuvo que dejar de andar hacia delante: tropezaba, resbalaba y se inmiscuía en asuntos que no eran de su incumbencia, lo cual, en principio, no gusta a nadie (o como mínimo a los nadies nadiables de Nadielandia). Así que aprendió a andar hacia atrás, como los cangrejos cangrejibles de Cangrejilandia (aunque últimamente se dice que la moda es hacerlo -me refiero a andar, por supuesto- de lado a lado o de costado a costado). El niño se sentía como de otro planeta (de Planetilandia, claro). Se vestía con los ojos cerrados, intentando recordar como lo hacía antaño. De otro modo, sus brazos hubieran andado y antediluviado por una parte desconocida de su pasado. En el fondo, tanto ir para atrás significaba el último intento verdadero de anclarse en un presente tan indómito como malogrado. El niño crecía -quién sabe si incluso maduraba- y los jerseys con botones inversos cada día eran más complicados y difíciles de abrochar. Dejó de tener madre, padre y hermano. Porque andar contra corriente no es plato de buen comer. Dejó de asistir a la escuela, de jugar en el mercado, de romper cristales en los andamios, y de crear historias de la nada.

Y un buen día se despertó. Quiso quitarse las legañas del cogote, como de costumbre, pero sólo encontró una mata de pelo con cicatriz incluida de aquel lejano verano de recuerdos de viejas bicicletas, sucias heridas y huesos apenas rotos. No se lo podía creer (ni él, ni tu, ni el narrador omnisciente, ni el vendedor de melones de la esquina). Pero los ojos ya no seguían más en su lugar. Así que, de repente, tuvo que acostumbrarse a tener los ojos en los pies. A verlo todo desde abajo, muy abajo, casi diríamos a ras del suelo. Los ojos, las manos, los tendones y el resto del cuerpo nunca jamás volvieron a ser los mismos. Sueño tras sueño, día tras día, la recolocación postural constante e imparable hacía del mundo algo novedoso todavía por descubrir. Tenía su gracia. Y su desgracia. Aprendió, como aprendemos todos, a vivir con ello. A llevar su cruz y su San Pancracio. A temer a las madrugadas inesperadas y a las mujeres con pañuelo y manos que se adelantan. Y a los hombres sucios que duermen en los cajeros y te recuerdan que no somos nada más que polvo intangible. A comer con el dedo gordo, a digerir con la espalda, a surcar mares de dudas esqueléticas. A romper pedazos de cosas dadas por sentado. A sobrevivir, vaya.

Y entonces, de repente, un día se levantó con una extrema aparente normalidad. Una normalidad que casi molestaría y asustaría hasta al más prudente de los mortales. De repente, al tocarse, centímetro a centímetro, cubículo a cubículo, se dio cuenta que esa madrugada insomne lo iba a cambiar todo otra vez. Nada iba a ser nunca más. No sabía si lo había pensado, soñado o imaginado. Pero de repente, presente, futuro y pasado dejaron de tener sentido. Todo aquello a lo que se había agarrado y aferrado (con suma rotundidad aparente) no iba a ser más. Incluso podría ser que nunca jamás de los jamases hubiese habido ni tan siquiera un atisbo de la más mínima realidad. Todo era falso, intangible. Y allí estaba él, el exasperante niño cangrejo, en medio de la nada. Y ante tal desesperación, casi se asombra -y se asoma- una lágrima. La lágrima que ya no se sabía ni en el cogote ni en la punta del dedo mínimo del pie. Lágrimas saladas que salían de los -sus- pequeños ojos ubicados exactamente donde se suponía que debían de estar. En el preciso momento. Y otra vez, y ésta vez para siempre, nada volvió a ser lo que era. El niño, veloz y rápidamente, dejó de serlo. Su madre ya no era su madre, ni su padre ni su hermano. Él ya no era nadie. Y aprendió de nuevo -¡qué remedio!- a caminar otra vez hacia adelante. A tocarse las extremidades y notar que todo estaba en su sitio. A romper ventanas cuando faltaba el aire. A rozar cuerpos interminables.

Y a mirar, para más siempre, hacia delante.

Por Núria Mañé
Dibujo de Calo

Compártelo:
  • Facebook
  • Technorati
  • Google
  • E-mail this story to a friend!
  • Kirtsy
  • TwitThis
  • Live
  • Digg
  • del.icio.us
  • Mixx
  • BarraPunto
  • Meneame
  • MySpace
  • Reddit
  • Yigg

Comments are closed.


Creative Commons License
El contenido de Relatia.es está bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España si no se indica lo contrario.

Comunidad Facebook

¿Ya eres usuario?
Login
Login con Facebook:
Últimas visitas