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Novela

El caso del hada falsamente ahogada (Prólogo)

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Copyright © del texto: Antonio Cuevas. Todos los derechos reservados.

Ilustración de Irene Membrives.

ANTES DE EMPEZAR: GROWYN

El cuero resonaba contra la piedra. Las pisadas de los Guardias Brunos subían por las escaleras, cada vez más cerca. Growyn se abrochó a toda prisa su capa, aseguró su arco y sus flechas a su espalda, dio un último mordisco al muslo de liebre y salió al balcón limpiándose con la manga el jugo caliente que le corría por la comisura de los labios. Con agilidad, trepó hasta el tejado justo antes de que derribaran la puerta de su habitación.

- ¡Quedas detenido por…!

Allí no había nadie. Los Guardias Brunos se apresuraron al balcón. Nada, tampoco encontraron a nadie. El jefe de la patrulla se asomó por la balaustrada: demasiado alto para que hubiera saltado, incluso para un elfo. Sólo podía haber huido por el tejado. Sus pesadas botas y sus armaduras no les permitían perseguirlo por allí.

- ¡Rápido, a la calle! Tarde o temprano tendrá que bajar.

Mientras las pisadas de los Guardias volvían a retumbar en las escaleras, Growyn abandonó su escondrijo tras la chimenea y se descolgó con sigilo al balcón. Una de las ninfas de placer que trabajaba en el barrio lo vio desde la ventana de enfrente. Growyn le guiñó con complicidad y entró de nuevo en su habitación. La liebre aún seguía caliente. Le esperaba un largo camino, por lo que se sentó a terminarla.

No sabía cómo se las apañaba pero siempre acababa huyendo. Apenas hacía ocho soles que había llegado a Baosad, la ciudad de los gigantes de cabeza pequeña ofreciendo sus servicios de investigador. En los últimos diez ciclos, las cosechas de la zona habían resultado ruinosas, la mayoría se había perdido y los gigantes no conseguían hallar el motivo. Growyn apareció por allí y se ofreció a encontrar una solución a cambio de su escaso salario habitual: comida, un lecho y algún que otro placer.

Los gigantes de cabeza pequeña no eran en verdad tan gigantes, el más alto de ellos vendría a medir ciento cuarenta bellotas, sólo veinte o treinta bellotas más que cualquier elfo. Sin embargo, sus hombros soportaban unas ridículas cabezas del tamaño de una naranja. Growyn sospechaba que, con semejante sesera, los gigantes tal vez resultaran demasiado bobalicones para encontrar la causa de su problema por sí mismos. Y no se equivocó.

El Rector de Baosad dejó el caso en sus manos. Growyn inspeccionó los campos, terrenos de rica tierra que había proporcionado inmejorables cosechas durante cientos de ciclos. Al no encontrar nada extraño, interrogó a los campesinos sobre su manera de laborar. No llovía mucho por aquella zona, así que ellos regaban con agua de los múltiples pozos.

El elfo pidió ver aquellos pozos, los olfateó y extrajo muestras de agua de cada uno de ellos. En la rectoría de la ciudad, Growyn dispuso tantos cuencos como pozos se usaban, cada uno con su agua correspondiente. Añadió, además, varios cuencos llenos con agua de un riachuelo de las afueras, que no se usaba para la agricultura de la zona. Delante de los mandamases de Baosad, extrajo de su jubón una bolsa con gusanos de agua y fue introduciendo uno en cada cuenco. En lo que se tarda en devorar una rebanada de pan de amapola, los gusanos de los primeros cuencos habían muerto. Los de los últimos nadaban felices en las aguas del riachuelo. Tal y como sospechaba, alguien envenenaba los pozos.

Growyn encontró al culpable en poco tiempo. Quince ciclos atrás había llegado a la ciudad Dirikate, un curandero de la raza de los truendes (medio troll, medio duende). El curandero se hizo muy popular gracias a su conocimiento de las hierbas sanadoras. Muy pronto vivió entre los gigantes de cabeza pequeña como uno más. Sin embargo, Dirikate no poseía tierras, por lo que varias veces había intentado comprarlas a algún campesino. Al principio, los precios eran muy altos para él, pero tras ciclos de malas cosechas, muchos propietarios se vieron obligados a vender a precios de risa. Dirikate ya había cerrado trato con muchos de ellos, aunque nadie comprendió por qué quería comprar unas tierras que ya casi no daban fruto.

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