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Novela

El caso del hada falsamente ahogada (Prólogo)

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Ahora que todo se había aclarado, los Guardias Brunos apresaron a Dirikate cuando intentaba escapar de la ciudad. El Rector le perdonó la vida a cambio de que eliminara el veneno de todos los pozos.

Como agradecimiento a Growyn, los mandamases de Baosad le ofrecieron lecho, comida… y placeres de por vida. En el centro se elevaba el edificio más alto, donde vivían las ninfas de placer. El elfo sabía que las ninfas eran los únicos seres capaces de guardar su secreto, así que se instaló allí.

Sin embargo, cualquier descuido podría dejarle en evidencia, y así ocurrió esa mañana. Cuando aún sentía el calor de las caricias en su cuerpo, uno de los sirvientes del edificio entró en la habitación a traer toallas limpias y encontró a Growyn desnudo. Al ver la marca en su costado, tiró las toallas al suelo y salió corriendo escaleras abajo.

Ahora los Guardias Brunos lo perseguían para ajusticiarlo sin importar los beneficios que había conseguido para la ciudad. Tarde o temprano alguien siempre descubría su marca y acababa delatando su secreto. Y ese secreto siempre pesaba más que lo que él hubiera hecho por nadie.

Apuró la liebre y dio un buen sorbo al vino de raíces, el mejor del país. La ninfa que lo había visto por la ventana entró por la puerta en su habitación.

- ¿Necesitas ayuda, elfo?

Las ninfas de placer no se llevaban muy bien con las leyes en general ni con la Guardia Bruna en particular.

- Ninguna que me puedas prestar ahora, pero gracias.

Antes de salir por la puerta, Growyn la besó en la boca. Varios Guardias vigilaban la salida del edificio: imposible escapar por allí. O tal vez no tanto. Growyn entró al almacén del primer piso y rebuscó entre comida, conservas, carne cruda y utensilios de cocina.

El elfo abrió la trampilla que daba directamente a los fogones y bajó las escaleras vistiendo uno de los mandiles de tabernero. Cubría su cabeza con un gorro gris de cocinero que tapaba sus orejas puntiagudas, y llevaba a cuestas un enorme carnero desollado, bajo el que ocultaba su carcaj repleto de flechas.

Con su cuerpo curvado por el peso del carnero, se encaminó sin titubeos a la salida. Los Guardias le interrumpieron el paso.

- ¿Dónde vas?- preguntó uno de ellos.
- ¿Dónde crees tú, listillo? Al banquete del Comandante Bruno.
- ¿Qué banquete?
- ¿Cuál va a ser, zoquete? El que da en honor de su hija. Y ya voy tarde.

Los Guardias no tenían noticia de ningún banquete, pero si eso era cierto, mejor que el carnero no se retrasara. No había nada que irritara más a su jefe que tener que esperar a la hora de la comida. Growyn pasó entre los Guardias y se alejó oculto por el carnero muerto. Mientras el resto de la Guardia Bruna seguía mirando hacia los tejados, Growyn consiguió escapar hasta los campos a plena luz del día.

¿Qué hacer ahora? ¿A dónde huir? Estaba harto de deambular de un sitio a otro como si fuera un vulgar criminal. Necesitaba unas vacaciones, pasar una temporada en un sitio tranquilo donde poder pensar, sin persecuciones, sin misterios… sin trabajo. Sólo se le ocurría un sitio así en toda la Tierra Sinfín: Sidherde, el país de las Hadas. Desde que el Hada de la Profecía acabara con el reinado de los drows - los elfos oscuros - hacía casi mil ciclos, Sidherde vivía en una paz y tranquilidad permanentes. Le parecía el mejor destino en aquellos momentos.

- ¡Zarpas!- gritó Growyn cuando llegó a los matorrales en la frontera de Baosad.

Su inseparable grifo acudió raudo y veloz a la llamada. Las alas de Zarpas se habían atrofiado tras un desgraciado incidente en su infancia. Growyn lo había encontrado moribundo en medio de un caluroso desierto. Lo resguardó a la sombra, lo alimentó con savia de junco y desde entonces lo llevó consigo a todas partes.

Cuando Zarpas creció no podía volar, cierto, pero se convirtió en una montura más veloz que cualquier montura conocida en la Tierra Sinfín, a excepción de los Gruagos voladores.

Growyn se subió a lomos de Zarpas e inició su marcha hacia Sidhión, corte y capital de Sidherde, hacia una merecida temporada de reposo y paz.

O eso era lo que él creía.

Por Antonio Cuevas
Ilustración de Irene Membrives.

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